Comienzos de nuestro escudo.

 

No existia insignia que identificara a la Corporación anteior al año 1974 por lo que a partir de 1975.cuando nos constituimos como Asociación Civico Religiosa decidimos diseñar el que aqui consta que consistia en un casco romano cruzado por dos lanzas, el Hermano Manuel Martin Dueñas, realizó en su taller de Joyeria artiticos escudos de solapa de oro por encargo de los hermanos.

Primera Insignia que identifico a esta Corporación
En Septiembre de 1984, se propone cambiar la insignia de la Corporación por otra que representara con mas autenticidad el significado de nuestra representación dentro de la Semana Santa, para ello se encarga un boceto al artista local Antonio Carrillo Castillo, el cual presentó un gran dibujo a color con un casco romano con rizados plumeros y enfondado con el templo que porta el Testigo número uno en los desfiles procesionales, este fué del agrado de todos por lo que desde esta fecha es el escudo oficial de la Corporación. El Hermano Fernando Gamero Borrego, realizó en su taller de Joyeria escudos de solapa de oro por encargo de los hermanos.
MANUEL CHACON MELERO, PINTOR PONTANES RESIDENTE EN MADRID, AUTOR DEL OLEO QUE QUE REPRESENTA NUESTRA INSIGNIA
 
Manolo nació en Puente Genil hace 74 años, hombre de espirítu viajero que llevo a todas partes su corazón manantero.Desde Madrid nos cuenta que:
 
A finales de los sesenta con apenas quince años salia de mi pueblo camino de Madrid y junto a un bagaje colmado de ilusiones juveniles y a pesar de mi extrema juventud, porté en mi corazón la semilla del espiritu manantero, como no podia ser menos en quien se habia sido contagiado de manera indeleble por la Semana Santa Pontanesa.
 
Hoy desde la distancia miro, y mi pueblo saboreo como un guiso ancestral de aromas inconfundibles. Cada noticia que de allí me llega me retroalimenta y me impulsa al frecuente retorno y cuando por casualidad la encuentro en lugares tan remotas como Bogotá, donde la consabida caja pontanesa de carne de membrillo era la caja de caudales de una joven india a la que compré un tambor para mi hijo, o en Nueva York, donde la misma era uno de los protagonistas de una cesta de productos españoles expuesta en el escaparate de un lujoso restaurante, entonces mi orgullo se eleva y mi ritmo cardiaco se desboca.
 
Desde la distancia sueño y mi pueblo imagino vestido de fiesta, lleno de niños, tambores y saetas, túnicas y rostrillos, y es que llegando la cuaresma nada es lo mismo. Los síntomas leves se agravan, y en esta madurez que es tiempo de misterio en que la vista se nubla y las ideas se aclaran, los sentimientos puros de la remota infancia florecen con virulencia inusitada, heridos de pasión y turbios de melancolía, alterando los sentidos y convirtiendo la prosa en verso y el verso en lágrimas:
 

 

Llegando la cuaresma
no estoy para nada,
el trabajo es aburrimiento
y melancolía el alma,
la distancia destierro
y el pensamiento mananta.

 

En el Congreso, donde trabajo, todo me parece cambiado, todo me parece distinto. Los Diputados por los pasillos en procesiones paganas me recrean los Romanos pasando la Matallana, y en el Salón de Columnas embeleso mi mirada y me transporto al templo donde el Nazareno tiene su morada.

Las Sesiones del Congreso con los discursos de sus Señorias son encierros nocturnos con saetas enlazadas. Por las tardes procesiones y también por las mañanas, y al alba:
 
¿al alba? ¡ay al alba!.
Al alba, la Diana
que despierta corazones
con su música sagrada,
llenando el desierto de lirios
quemando en los polos en agua.
¡Ay la Diana!.
Ningún pontanés sabe
que cosa es la Diana
si no ha estado muy lejos
un Viernes Santo de mañana.
¡Ay la Diana