Y Fructificó...

 

Los Testigos han vivido a lo largo de su historia etapas de ebullición y otras de letargo, como otras tantas, corporaciones pontantas. Pero en su devenir hay momentos brillantes que no pueden substraerse a la memoria de nuestra localidad. Hubo un tiempo en el que residieron en una casa aledaña al molino que hubo en la calle Capitán de Corbeta Reina Carvajal, al final de la década de los años cincuenta. Para muchos de ellos que viven resultó un capítulo inolvidable en el pulso de este grupo de hermanos. Confraternizaban entonces, el irreducible estandarte del optimismo, Manolo Cabello; el menudo y flamenquísimo Curro Rivas, el siempre bien humorado y lleno de gracia y pellizco, Francisco Jiménez Carmona; José Estrada, fabricante de caramelos; el siempre bien dispuesto, José Carnerero, y el exquisito y sibarita donde los haya, Manolo Márquez; entre otros tantos que habría que rescatar del olvido.

Por aquellas calendas era una corporación en la que tampoco se ponía mohosas las sartenes. Siguiendo las instrucciones del selecto Manolo Márquez, todas las mañanas, canasto al brazo, José Carnerero hacía la plaza en el precioso mercado de abastos que tuvo que dejar, víctima de la piqueta pocos años después. Aquí unas pijotas, allí queso picante en aceite, más adelante unas papas nuevas, algo más allá unos boquerones victorianos, en frente, gallo de cortijo, y siempre, no te escurras con el peso que somos pocos y estrechos como las botellas de moriles. Por la noche todos los hermanos componían una reunión con apariencia de comensales aficionados, cuando en realidad estaban haciendo mesa, acuñando corporación, creando solera de Testigos Falsos. Era una gente brava de copas y amaneceres, siempre apurando la vida en el fondo de un vaso o en el tercio de una cuartelera, todos un poco bohemios y orillando a diario la aventura de vivir sin cuadrículas.

En las referidas fechas se hicieron hermanos o bien llevaban pocos años, el rubicundo Antonio Sebastianes; Antonio Rivas, tan flamenco como su tío, el pragmático y sentencioso Enrique Aguilar Luque; Pepe Labrador, con sus elocuentes silencios; que entonces hacía el servicio militar, y unos pocos de jóvenes que, sin proponérselo, formaron la almáciga para que esta corporación tuviera siempre semilla que renaciera.

La Isla era por entonces el centro neurálgico del pueblo. El Ayuntamiento, el Teatro Circo, el Ambulatorio, hasta el propio paseo dominical para pollear y ennoviar se hacía en Don Gonzalo, rematando en el Paseo, en la baranda del río. El Liceo, los Mosquitos, Los Faroles, El Mau Mau, El Bar X, el hotel, etc., componían un paisaje urbano acogedor y propicio para gente que vive la locura del desinterés y tienen siempre el corazón abierto.

¡Que circuito de hermanamiento era todo el barrio!. Por aquellas fechas no había tanto discurso ni perorata semanantera. Era pura acción. Se vivía la Semana Santa en la marca de los vinos: Chusma, romanos, etc. Y los Testigos Falsos en primer plano. ¡Cuantas madrugadas de aguardiente y magdalenas, iluminados por el disco de oro de Nisán del Viernes Santo!. Auroras de vino dulce y escamucho, cuando los fulgores de un sol luminoso rielaban sobre los cincelados varales del Palio de la Madre de la Isla.¡Que estampa de borriquillos de verdinos, jeringos con profusión y cánticos de rosario, acompasados por bajos inolvidables y violines increíbles!.

Todo fue así. Tal como es de recuerdo. Basándonos en la amistad, la más elevada, la fundada sobre una gran estimación, la que es necesaria para el hombre, para arrancarla de sus peores inclinaciones. La que da al alma algo fuerte, sublime, poético, sin lo cual sería difícil elevarse sobre el fangoso terreno del egoísmo.

Por eso, hay que insistir. Tuvieron una almáciga, un semillero.......... Y en el año 1.974.....FRUCTIFICO.